Estos días estoy estudiando a Wittgenstein porque es época de exámenes en la universidad. Y una de las cosas que más me sorprenden de estudiar filosofía siendo ingeniero es darme cuenta de hasta qué punto muchas ideas aparentemente abstractas acaban reapareciendo en contextos completamente distintos.
Supongo que esa es una de las ventajas de ser generalista: empiezas leyendo sobre teoría del conocimiento y acabas entendiendo mejor por qué determinadas reuniones en empresas terminan mal sin que nadie sepa exactamente por qué.
Wittgenstein dedicó buena parte de su obra a estudiar el lenguaje. Y una de sus ideas más conocidas —especialmente en su etapa tardía, porque como todo pensador, evolucionó— es que las palabras no tienen significado por sí mismas, sino por cómo se usan dentro de un contexto. El significado depende del “juego del lenguaje” en el que participamos.
Y cuanto más lo pensaba, más me acordaba de aquel vídeo viral de un extranjero intentando explicar cómo en España una sola palabra puede significar prácticamente cualquier cosa dependiendo del tono, el contexto y la situación. La gracia del vídeo quizás estaba realmente en el taco en sí, pero también dejaba entrever algo más: las palabras aisladas importan mucho menos de lo que creemos. El contexto hace gran parte del trabajo.
Cuanto más pensaba en ello, más inevitable me parecía la conexión con algo que llevo tiempo observando en organizaciones complejas: muchas veces el problema no es la falta de inteligencia, ni de información, ni siquiera de buena voluntad. El problema es que distintos grupos utilizan las mismas palabras para referirse a cosas distintas.
Y ahí aparece lo que quiero introducir hoy: la traducción interdisciplinaria.
No es exactamente divulgación. La divulgación simplifica1 un dominio para hacerlo accesible. La traducción interdisciplinaria no consiste en explicar menos, sino encontrar equivalencias. Detectar cuándo dos disciplinas distintas están describiendo dinámicas similares con vocabularios incompatibles. O cuándo dos equipos creen estar alineados porque usan las mismas palabras, aunque realmente estén optimizando cosas distintas.
Con el tiempo he visto demasiadas veces —o al menos suficientes como para escribir al respecto— que muchas organizaciones no tienen realmente problemas técnicos, sino problemas lingüísticos invisibles.
Cada disciplina comprime la realidad a su manera. Entre ellas, además, suele primar una: Negocio priorizando el resultado económico. Pero en la subtrama tenemos que, en un falso estado de "alineamiento”, Diseño priorizará experiencia de usuario; Legal riesgo; e Ingeniería rendimiento. Y ,cuidado, todos teniendo razón dentro de su marco, pero sin definiciones comunes. El conflicto aparecerá en las intersecciones, por eso soy fan del “equivócate rápido”.
Cuanto más complejo es el sistema, más importante se vuelve la figura capaz de traducir e identificar los “false friends” del trabajo distribuido ¿Quién iba a pensar que inflamable significaba flamable? Que diría el Doctor Nick. Suena a broma, pero pregunte a su alrededor por la definición de algo en lo que “todos están de acuerdo”, puede que se sorprenda.
Quizá por eso me atrae tanto el generalismo. No lo entiendo como “saber un poco de todo”, sino como desarrollar sensibilidad hacia patrones que reaparecen en dominios distintos. La capacidad de reconocer que a veces una conversación sobre arquitectura se parece sospechosamente a una conversación sobre software. O sobre biología. O sobre mercados.
Me gusta esa frase de “la historia no se repite pero rima”, y creo que pasa algo parecido con las dinámicas y los “buzzwords” de nuestro tiempo hiperproductivo: Complejidad, adaptación, incentivos, coordinación, señalización, fragilidad. Conceptos que aparecen constantemente bajo disfraces distintos.
Y quizá por eso Wittgenstein sigue siendo tan útil fuera de la filosofía. Porque entender el lenguaje no es simplemente entender palabras. Es entender los límites invisibles de los marcos con los que interpretamos el mundo.
Muchas veces el progreso no ocurre cuando alguien descubre algo completamente nuevo, sino cuando se consigue que dos mundos que no se entendían empiecen a hablar, por fin, un idioma compatible.
Puede encontrar más detalle en la entrada dedicada a la traducción interdisciplinaria en el diccionario del generalista.
https://generalismo.com/habilidades/traduccion-interdisciplinaria/
Simplificar no es “rebajar algo para tontos”, como a veces se caricaturiza. De hecho, suele ser una de las tareas intelectualmente más difíciles. Hay una idea —atribuida de distintas formas a Einstein, como casi todo— que resume bien esta intuición: las personas listas complican, las inteligentes optimizan, los genios simplifican. Conseguir reducir un problema a sus principios esenciales sin destruir su estructura requiere normalmente mucha más comprensión que añadir capas de complejidad innecesaria.


Nos cuesta entendernos cuando compartimos un mismo idioma, como para no hacerlo en traducciones. A mí me vuelven de cabeza los conceptos anglosajones de "agency" y "acknowledgement" a la hora de trasladar conceptos al español. Me flipa cómo el lenguaje inglés parece haber evolucionado para ser productivo. El español parece haberlo hecho para ser descriptivo. Y en un mundo donde reina lo anglosajón, acabamos con edificios planos, muebles monocromáticos, apps extractivas y leyendo a Dan Brown.
El español, a diferencia de los principales idiomas europeos, es un idioma fuertemente contextual. Por eso las traducciones son siempre tan difíciles: en muchos casos, no hay equivalencia posible que no sea contextual. Por eso hay que recurrir a menudo a neologismos, muchas veces mal traducidos del inglés. ¿Por qué el español es una lengua esencialmente contextual? Porque la sociedad hispanohablante es esencialmente tribal