Edgar Morin murió el 29 de mayo con ciento cuatro años, y llevo desde entonces sin saber cómo escribir esto. Cuatro meses es demasiado retraso para una necrológica y demasiado poco para un balance decente. Así que escribo desde el incómodo limbo donde espera todo lo que incomoda: ideas y personas que no pertenecen a ningún gremio y por tanto no tienen cuadrilla que organice su partida.
He aquí el recuerdo, mi recuerdo, al sociólogo que leía biología; al comunista expulsado del partido en 1951; al resistente que acabó escribiendo seis tomos sobre el método sin ser epistemólogo de carrera. Ninguna facultad parece sentirse viuda. Si uno lo piensa dos segundos, es la confirmación póstuma de lo que el hombre llevaba medio siglo denunciando.
Su Introducción al pensamiento complejo (Gedisa) abre con un capítulo titulado «La inteligencia ciega». Puede parecer un juego de palabras, una metáfora sobre la ignorancia, no lo es. Morin sostiene en ella que nuestra manera de conocer está construida sobre un gesto —separar— aplicado con tal disciplina que hemos dejado de verlo como un gesto y lo tomamos por la forma natural de mirar. Aislar el objeto de su entorno, el fenómeno de su historia, la disciplina de las colindantes. No era el primero en decirlo: Ortega llevaba desde 1930 llamando a lo mismo la barbarie del especialismo, y con peores modales. Que la queja se repita cada generación se explica solo, porque el método funciona, y funciona espectacularmente bien. El problema es que tiene un coste que no aparece en ninguna factura.
Morin insistía en la etimología de complejidad, y en su caso conviene hacerle el favor de repetirla porque el argumento entero cuelga de ella: complexus, lo que está tejido en conjunto. No «lo complicado», que es otra cosa —lo complicado es lo que tiene muchas piezas, y se resuelve con paciencia y un buen destornillador—. Lo complejo es lo que se estropea al desmontarlo, porque lo que importaba no estaba en las piezas sino en cómo estaban tramadas.
La inteligencia ciega es la que desmonta por defecto, sin preguntarse ante qué objeto se encuentra. Es inteligente antes que ciega. Tiene los datos, y aun así ve poco porque su instrumento se calibra sin tocar el tejido del mundo real. Por eso nunca falla y cumple su cometido a las mil maravillas: entrega una lectura limpia, y la limpieza es justamente el síntoma.
De Creso y el oráculo de Delfos ya hablamos en su día, así que le ahorro la historia entera: baste recordar que cruzó el Halis convencido de que iba a destruir un gran imperio y acertó de pleno, porque destruyó el suyo. Lo que entonces no conté es el epílogo. Creso, ya prisionero de Ciro, obtuvo permiso para mandar sus cadenas al templo y preguntarle al dios si no le daba vergüenza. La Pitia contestó sin inmutarse que el oráculo había dicho la verdad, y que si Creso quería saber de qué imperio se trataba, que lo hubiera preguntado.
Una magnífica insolencia, y también una gran descripción de lo que Morin llamaba el paradigma de simplificación. El oráculo emitió un enunciado con dos ramas. Creso recibió un enunciado con dos ramas. Y en el trayecto entre el oído y la decisión podó una. Sin darse cuenta de que podaba, se quedó con la que le convenía creyendo que, en verdad, solo había una. Llegó puntual a Delfos y tarde a la pregunta que importaba.
Le traicionó el gesto automático de convertir lo ambiguo en obvio sin pensarlo, que es un gesto que hacemos todos entre doscientas y trescientas veces al día y que nunca notamos porque lo que se pierde en él desaparece antes de llegar a la conciencia.
El pecado original no es que nos equivoquemos —le diría que errare humanum est, pero la máquina también se confunde lo suyo—. El problema es simplificar tanto y tan deprisa que ya no quede material para dudar.
Y aquí el asunto deja de ser filosofía de un francés la mar de longevo y se vuelve medible, que es donde a mí me interesaba traerle.
En el año 2000, Réka Albert, Hawoong Jeong y Albert-László Barabási publicaron en Nature un trabajo con un título bastante explicativo: «Error and attack tolerance of complex networks». Habían estado midiendo redes reales —internet, la red de enlaces de la web, redes metabólicas. Todas compartían estructura: unos pocos nodos con muchísimas conexiones, los hubs (imagine el New York Times), y una enorme mayoría de nodos con muy pocas (no le hace falta salir de este blog para imaginarlo).
Lo que descubrieron al ponerse a romperlas fue asimetría. Si uno va eliminando nodos al azar, la red aguanta de un modo que resulta casi indecente. Puede perder una fracción enorme de sus piezas y seguir conectada, porque estadísticamente lo que uno destruye al azar son nodos periféricos. Pero si en vez de al azar uno elige, y va a por los pocos hubs, la red se desintegra a gran velocidad dejando fragmentos incomunicados. La topología que la hace tolerante al error la hace frágil al ataque.
Mi punto es que eso es exactamente lo que Morin estaba diciendo sin disponer del dato. Aunque el dato llegó: Barabási publicó veintiséis años antes de que Morin muriese pero, que yo sepa, los dos caminos no se cruzaron nunca. Una sociedad del conocimiento tolera enormes cantidades de error —gente equivocada, líneas de investigación muertas, disciplinas enteras perdiendo el tiempo—, y lo tolera porque el error se reparte más o menos al azar por la periferia. Lo que no tolera es el ataque dirigido. Y eso es justo lo que hace la simplificación. Cuando se institucionaliza en forma de plan de estudios, de criterio de financiación o de organigrama —por buenas que sean las intenciones— resulta un ataque, en el sentido técnico exacto del término. Selecciona. Y lo que selecciona para su eliminación es justo lo que conecta parcelas, porque lo que conecta parcelas es lo único que no aparece completo en el presupuesto de ninguna.
Cada vez que se recorta lo que no encaja en ningún departamento, la red no pierde un nodo cualquiera. Pierde un hub. Y la organización sobrevive perfectamente a los cien idiotas que tiene repartidos por ahí, y no sobrevive a tres reorganizaciones bien intencionadas.
Ahora la parte fea, porque Morin merece algo mejor.
«Todo está conectado» es una de las frases preferidas del charlatán. El pensamiento complejo tiene un problema serio de contrastabilidad: no predice casi nada, no prohíbe casi nada, y un diagnóstico que no puede salir mal no vale gran cosa como diagnóstico —puede usted leer a Popper si no me cree—. Buena parte de la obra tardía de Morin se lee como una invitación a mirar mejor, pero sin instrucciones sobre cómo, y su vocabulario —recursividad, dialógica, hologramático— ha sido saqueado durante treinta años por gente que tenía muy poco que decir y necesitaba tres palabras largas para decirlo.
Lo cual sugiere que la manera decente de heredarlo no es adoptar la complejidad como cosmovisión, sino robarle las piezas con más mordiente. El resultado de Barabási, objetivamente, solo es el resultado de Barabási. Ni es un llamamiento a mirar mejor, ni un nuevo paradigma: es una medida con datos detrás, que le dice a usted exactamente qué nodos no debería tocar. Conectarlo con Delfos tampoco hace que sea sabiduría antigua. Morin acertó en el diagnóstico y no quiso o no pudo darnos la receta, que es un reparto más honrado que el contrario al que nos estamos acostumbrando.
Queda entonces el asunto de siempre, y es el que me hace desconfiar de mí mismo cada vez que escribo un texto como este. Creso no consultó al oráculo para saber qué iba a pasar; consultó para que le confirmaran lo que ya había decidido, y la ambigüedad del dios fue el espacio exacto donde metió su deseo. Esto que acaba de leer es otro oráculo más, y yo lo he escrito con mi deseo dentro. Usted hará lo propio con el suyo: leerá que la simplificación destruye los nodos que conectan y asentirá satisfecho pensando en el jefe que suprimió aquel equipo; en el ministerio que quitó Filosofía; en la presidenta que quitó los árboles de la Puerta del Sol; en el presidente de la comunidad que prohibió jugar a la pelota.
Pero no en la rama que podamos usted y yo cada mañana, sin enterarnos, antes del segundo café. El imperio que vamos a destruir es siempre el del vecino.

