La complejidad de ser profeta
Reflexiones filosófico-generalistas a raíz de Profecía de Carissa Véliz
Creso, rey de Lidia, quería saber si debía atacar a los persas. Pagó generosamente —mirar al futuro nunca ha sido gratis—, y envió la pregunta a Delfos. La Pitia, tras inhalar aquellos vapores volcánicos, respondió que si cruzaba el río Halys, destruiría un gran imperio.
Creso entendió lo que quería entender. Cruzó el río. Y, efectivamente, destruyó un gran imperio: el suyo.
Si se juzga el resultado, técnicamente, el oráculo no se equivocó. La profecía se cumplió al milímetro. Si falló algo fue la interpretación que Creso hizo de un sistema —dinastías, ejércitos, alianzas cambiantes, la psicología de un rey exultante— que pensó podría resumirse en una sola frase con sujeto, verbo y predicado. El oráculo, en su buen hacer de oráculo, no le mintió. Le entregó una metáfora de aquel sistema complejo comprimido en un hexámetro, y Creso, como cualquier persona, decidió creer la versión que cabía en la palma de su mano. No conocía la navaja de Ockham, pero ya la interpretaba a su favor.
Ayer asistí a una conversación a raíz de la publicación de Profecía, de Carissa Vélez. Conversó con Irene Vallejo sobre el peso de los oráculos en la imaginación occidental, y de cómo casi todas las profecías —clásicas y modernas—, antes o después, fallan. Cada uno tenemos nuestras obsesiones filosóficas, otra de las mías es la complejidad. Y me pareció que complejidad y profecías están muy íntimamente relacionadas —puede usted tacharme de ver relación en todo, no en vano me declaro generalista—. La idea que me persigue desde entonces es que las profecías fallan, precisamente, por la complejidad: son el ejemplo perfecto de lo que hacemos con ella.
Si usted lo piensa fríamente, el complejo ser humano crea complejas narrativas comunes para explicar un mundo complejo. Que sean comunes no es la garantía que mucha gente se pueda imaginar. La propia Carissa alzó la duda ante la anormal distribución normal: poner todo en un gráfico arroja datos, eso seguro, pero no tiene por qué decir mucho de la fiabilidad de lo arrojado. Es la misma trampa que la de la profecía, sólo que con apariencia de rigor: confundimos que algo sea fácil de representar con que sea cierto. Y de esa misma necesidad de simplificar nace, paradójicamente, el oficio de quien profetiza.
El pecado original de la simplicidad
Recientemente nos dejó Edgar Morin. El filósofo francés, que dedicó media vida a perseguir la palabra “complejidad” hasta acorralarla, decía algo que parece una perogrullada y no lo es: la simplicidad no es tan simple. La ciencia clásica —y, me temo, también el sentido común— funciona legislando: busca la ley universal, la causa lineal, la pieza elemental a la que se puede reducir cualquier sistema. Si entiendes el átomo, entiendes la molécula. Si entiendes al individuo, entiendes a la masa. Es un método magnífico, y nos ha dado la termodinámica, la genética y el wifi. Pero tiene un coste que solemos no facturar: cuando reducimos un sistema a su pieza elemental, perdemos justamente lo que el sistema hace cuando sus piezas interactúan entre sí.
Esto Morin lo llamaba la "inteligencia ciega": aquella que, de tan capaz de separar y analizar, ya no sabe volver a juntar. Irene Vallejo, en la propia charla, aportaba un dato que cambia bastante la imagen romántica del asunto: el oráculo no adivinaba desde la nada, sino que recibía a gente de medio Mediterráneo, cada una con sus preguntas, sus miedos, sus pleitos y sus rumores políticos. Toda esa información acababa concentrada en un único lugar, y de ahí —de saber más que cualquiera de sus consultantes por separado— nacía la autoridad para devolver una respuesta que sonaba a revelación. Actualmente no es problema sólo de los físicos ni de los filólogos. Seguimos haciendo lo mismo que en Delfos, sólo que, ahora, ya sin vocación poética: allí se tomaba un sistema —la política exterior persa, el equilibrio de fuerzas en Asia Menor, el carácter del propio Creso— y se devolvía convertido en un verso ambiguo, fácil de recordar, imposible de verificar hasta que ya era tarde. Hoy, igual que ayer, la profecía no predice el futuro. De hecho no tiene nada que ver con el futuro. Comprime lo que nosotros le damos al oráculo, nos resume a nosotros y a nuestra sociedad. Y todo lo resumido —puede experimentarse reenviando la misma foto por WhatsApp una y otra vez—, tarde o temprano, pierde información.
Por eso fallan tantas profecías: porque no son ciencia, son traducción —y toda traducción, ya sea edición literaria o sintetización tiktokera, exige sacrificar algo del original. Intentar conseguir una versión legible de un sistema con miles de variables interdependientes, y llegar a un titular o un eslogan implica decidir qué se pierde por el camino. El oráculo sacrificaba la sintaxis a cambio de la ambigüedad perpetua —así nunca se equivocaba del todo—. Nosotros, los modernos, hacemos lo mismo cuando convertimos un informe de doscientas páginas en un titular de doce palabras, o un mercado con millones de decisiones individuales en una recomendación de compra o venta.
Y aquí conviene separar a dos hermanas que se confunden a menudo: la profecía y la predicción. La predicción pretende ser ciencia, y por eso se la puede acusar de fallar. La profecía nunca lo pretendió: admite desde el principio que viene de los dioses, del oráculo o de la intuición de quien la pronuncia, no de un cálculo verificable. Por eso es, en el fondo, la más honesta de las dos.
Por qué necesitamos profetas (y no sólo en Delfos)
Aquí viene la parte que más me “disparó” de la charla: si la simplificación es el pecado, ¿por qué seguimos necesitando con tanta desesperación a quien la comete?
La respuesta, me temo, es que casi nadie sabe navegar la incertidumbre sin un mapa, aunque el mapa esté mal dibujado. Morin distinguía entre el orden y el desorden no como opuestos, sino como una pareja obligada a bailar: la complejidad es justamente esa mezcla incómoda, ese tejido donde conviven determinismo y azar sin que uno expulse al otro. Vivir ahí, en esa indeterminación permanente, ha de ser agotador. La mente humana —que evolucionó para detectar depredadores entre la maleza, no para integrar ecuaciones diferenciales— necesita reducir la incertidumbre a algo manejable, aunque sea falso. Prefiere una respuesta equivocada a ninguna respuesta. Y ahí es donde aparece el profeta como quien ofrece el alivio de una simplificación de digestión fácil y placentera.
El profeta, el oráculo, el analista de mercado, el gurú de turno: todos cumplen la misma función social, que no es tanto adivinar como organizar la ansiedad colectiva ante lo que no se puede calcular. Spoiler: por eso casi nunca importa demasiado si la profecía se cumple. Lo que importa es que, mientras se espera, alguien cargue con el peso de decidir qué hacer con la incertidumbre. Creso no fue a la guerra porque confiara ciegamente en una sacerdotisa en trance. Fue porque necesitaba que alguien, desde algún lugar con más autoridad que su propio criterio, le dijese que su plan tenía sentido. Dicho sin tanta solemnidad: queremos gente que nos empuje, y si nos dan la razón, miel sobre hojuelas.
Nodos que pesan más que otros
No es casualidad que los estudios de complejidad estén tan emparentados con la teoría de redes: pocas herramientas se ajustan mejor para modelar cómo se relacionan las partes de un sistema. Y aquí Carissa aporta otra pieza más al puzle, la que convierte esto en algo más que una bonita anécdota griega: no todos los nodos de un sistema son iguales.
Imaginemos cualquier red —social, neuronal, comercial, da igual—. La mayoría de los nodos tienen pocas conexiones y son, en términos prácticos, intercambiables: si desaparecen, la red apenas lo nota. Pero hay un puñado de nodos —los hubs— que concentran un número desproporcionado de conexiones. No son más “importantes” en ningún sentido moral, simplemente están en el cruce de muchos caminos. Y eso les da un poder peculiar: lo que ellos dicen, hacen o deciden, se propaga por la red mucho más rápido y mucho más lejos que lo que dice, hace o decide cualquier otro nodo.
El oráculo de Delfos era, en toda regla, un hub. No porque viera el futuro con más claridad que la tabernera que se hacía de oro con tanto peregrino, sino porque su posición en la red hacía que cualquier frase que pronunciase se propagase con la fuerza de mil voces. La autoridad profética no nace tanto de la precisión de la predicción sino de la posición en la red —aunque puede señalar usted un problema del tipo huevo-gallina que abordaremos otro día—.
Esto, creo, explica algo que de otro modo resultaría extraño: por qué seguimos escuchando a ciertos analistas, gurús o instituciones después de que sus predicciones hayan fallado estrepitosamente una y otra vez. No los escuchamos porque acierten. Los escuchamos porque son hubs, y un hub no pierde su posición en la red sólo porque se equivoque; la pierde cuando deja de estar en el cruce de caminos. Delfos no perdió su peso a pesar de la experiencia de Creso, que no volvería jamás ¿Sabe por qué no volvió? Porque no pudo, a cambio mandó unos cuantos emisarios, el cruce de caminos aún más transitado y atractivo pese al “error”.
La función exacta del error
Si uno mira con algo de perspectiva, el ciclo completo —y Profecía lo recorre de cabo a rabo, de Delfos a nuestros días— empieza a parecer menos una historia de aciertos y fallos, y más un mecanismo con una función muy precisa: la complejidad genera incertidumbre; la incertidumbre genera la necesidad de simplificar; simplificar exige un nodo —persona, institución, oráculo— que concentre esa función social, que dé lo mismo a todos; y ese nodo, precisamente por estar en el centro de la red, adquiere una autoridad que excede ampliamente su capacidad real de predecir nada.
La profecía, entonces, no es un fallo del sistema. Es una pieza necesaria de él. Falla casi siempre porque su trabajo nunca fue describir el futuro con precisión, sino dar forma manejable a algo que, por definición, no la tiene. Y seguimos necesitando profetas —con toga, con traje de analista financiero, con titular de prensa o con cara familiar en el barrio— exactamente por la misma razón por la que Creso necesitaba a la Pitia: porque enfrentarse en crudo a un sistema con miles de variables interdependientes resulta, sencillamente, insoportable. Y usted, querido inversor, lo sabe mejor que nadie cada vez que alguien le promete saber hacia dónde va el mercado.
Lo curioso es que, una vez se asume esto, deja de tener sentido indignarse cuando una profecía falla. Lo que falla es nuestra costumbre de pedirle a un único nodo de la red que cargue con el peso de toda ella. Casi apetece concluir, aliviados, que entonces no hay mucho que hacer: el oráculo siempre estará ahí, lo necesitaremos siempre, así que más vale relajarse y dejarse llevar.
La pega es que de este diagnóstico se suele sacar esa conclusión, y es perezosa y autoprofética: ya que los oráculos son inevitables, abandonémonos a ellos con gusto. Prescindamos del pensar y deleguemos en el primer hub que nos prometa orden. Creo que es exactamente la lectura contraria a la que merece la pena quedarse.
Porque el problema nunca estuvo en consultar al oráculo. Estuvo en que Creso le entregó, junto con la pregunta, todo su criterio. Cruzó el río sin reservarse ni una pizca de duda, sin preguntarse qué imperio era el que se mencionaba, sin dejar abierta la posibilidad de estar interpretando exactamente lo que más le convenía escuchar. Un sistema complejo no exige que dejemos de escuchar a quien simplifica —vamos a seguir necesitándolo, faltaría más—; exige que aprendamos a recibir esa simplificación con las reservas con las que se recibe cualquier traducción: sabiendo que es eso, una traducción, y no el original.
Así que quizás la pregunta que debería habernos perseguido a la salida de la charla no es cómo evitar a los oráculos, que parece imposible, sino cómo convertirnos en un Creso distinto. Uno que pueda escuchar la profecía, agradecerla incluso, y aun así conservar la costumbre de preguntarse: ¿y si el gran imperio fuese el mío? Porque a estas alturas el imperio ya no es sólo un territorio con fronteras y ejércitos: es cualquier cosa que construimos, cuidamos y podemos perder por una interpretación demasiado cómoda. Esa pregunta —esa soberanía de juicio no delegado— no es algo que se tenga de fábrica. Se entrena, como cualquier otro músculo: leyendo despacio lo que se quiere consumir rápido, contrastando antes de compartir, tolerando la incomodidad de decir “no lo se, deja que piense". Una sociedad de personas capaces de eso —de escuchar al oráculo sin convertirse en su eco— es una sociedad que navega la incertidumbre mucho mejor que una de fieles. Y, mientras no la tengamos, seguiremos cruzando ríos convencidos de que el imperio que vamos a destruir es siempre el del vecino que es malo malísimo, pues lo dijo el profeta.

